04.01.09 - JAVIER DOMÍNGUEZ RODRIGO
Tras décadas de debate sobre la devastación ambiental causada por el sprawl -crecimiento disperso, en mancha de aceite del hinterland-, los norteamericanos han redescubierto que la ciudad compacta no sólo es más verde, sino mucho más eficaz energética y territorialmente.
El siglo XXI ha supuesto el fin de la utopía de Howard y el abandono del modelo despilfarrador de las urbanizaciones de baja densidad. Cuando el cambio climático deviene en uno de los principales problemas, la ciudad densa, la que menos energía per cápita consume, es la solución.
El calentamiento global y el efecto invernadero han alimentado el nuevo discurso de la "sostenibilidad" con que se han rebautizado las inquietudes ecológicas y sociales. Y la reconsideración de las bondades de la concentración urbana ha devuelto a Nueva York la capitalidad arquitectónica del planeta.
Salvando las distancias con esa nueva Babilonia del downtown y los rascacielos, no puede sorprendernos el interés que hoy suscita Benidorm, auténtica meca del turismo asequible de masas, e icono junto con Las Vegas de la industria del ocio merced a "perpetuos sanfermines urbanos y playeros" en palabras de José Miguel Iribas.