
LUIS FERNÁNDEZ GALIANO 05/08/2008
Por qué los mejores arquitectos construyen para los peores regímenes? Ésta es la pregunta que se formula Richard Lacayo en Foreign Policy. El crítico de la revista Time, que ilustra su artículo con las obras de Norman Foster y Rem Koolhaas en Rusia y China, lleva al paroxismo retórico el clima de opinión que se ha generalizado en Occidente en vísperas de los Juegos Olímpicos de Pekín. En la censura se incluyen igualmente los emiratos del golfo Pérsico -donde buena parte de la élite internacional, desde Frank Gehry hasta Jean Nouvel, levanta rascacielos o museos- y repúblicas ex soviéticas como Kazajistán, cuyo líder Nursultán Nazarbayev ha adoptado a Foster como arquitecto de cabecera, o Azerbaiyán, donde Zaha Hadid construirá un centro cultural que llevará el nombre de Heydar Aliyev, el antiguo miembro del KGB que gobernó el país hasta su muerte, y en cuya tumba depositó flores la arquitecta de origen iraquí. Ocasionalmente, alguno de los textos que han suscitado esta polémica menciona las obras de Óscar Niemeyer para Hugo Chávez o Fidel Castro, e incluso el proyecto de biblioteca presidencial encargado a Robert Stern por George W. Bush; y en la práctica totalidad de estos artículos se recuerda el precedente ominoso de Albert Speer, el arquitecto de Hitler, mientras muchos de ellos evocan los devaneos de maestros como Mies van der Rohe y Le Corbusier con el totalitarismo de entreguerras. Sin embargo, la espoleta y el hilo conductor de esta floración de textos críticos son, inevitablemente, China y los Juegos.